Sunday, February 28, 2016

ANDREA VICTORIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ


UN KILATE  DE CAFÉ

ANDREA VICTORIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ (Caracas, Venezuela, 1956)

Los primeros días de febrero  tienen  todavía esa grata frescura  del cielo decembrino que usualmente  se prolongan  más allá del principio de año.  Yo afianzo  la mano de Rafaelito entre la mía mientras cruzamos la avenida. Al entrar al gran supermercado chino  el niño busca el carrito y  rápidamente  veo su intención de lanzarse a  correr por los pasillos.  No es de extrañar, siempre hace la misma maniobra y yo debo ir tras él hasta  alcanzarlo.

— ¡Espera Rafa! —lo detengo en seco—  déjame colocar las cosas dentro.

Comienzo a escoger los alimentos, luego los artículos de limpieza  y más tarde estamos frente al gran mostrador de carnes.  Rafa ya no puede empujar el carrito,  éste se ha vuelto pesado para sus frágiles  impulsos.  Lo ayudo con la carga y  llegamos  a una de las cajas.  La hilera de clientes es larga;   pero    tres puestos antes de llegar  nuestro turno,  un hombre joven y corpulento discute algo con la cajera.  Uno de los chinos se acerca   “quizás sea el encargado”  — pienso.

— ¿Qué sucede joven? —pregunta con su entonación asiática característica.

— ¡Qué sucede! —responde el hombre  visiblemente indignado—, sucede que hace dos días compré un kilo de café a  seis  bolívares y  ahora  esta señora me está cobrando doce.  Le digo que corroboré  el precio;  pero me dice que es ese.

— Déjeme ver —el hombre tomó el paquete  para buscar  en la lista de precios—  éste es el precio del paquete, doce bolívares —aseguró.

— ¡No puede ser, esto es un atraco!

—Lo siento,  éste es  precio — respondió el chino,  ya en  actitud defensiva—   Si no quiere,  no  lleve.

— ¡Ah, así son las cosas! —añade el hombre   por toda respuesta.  Acto seguido,    con ambas manos desgarra el  envoltorio de café,  se abalanza sobre el  asiático y   vuelca  todo contenido  sobre su cabeza.    El oscuro polvillo  se desliza  por su humanidad cual cascada.  Le entra por los ojos, la boca, el pabellón de las orejas, le allana los bolsillos hasta  llegar al piso donde forma un círculo que se dispersa rápidamente.  Las violentas pisadas  de  otros clientes la disuelven, han   comenzado  a correr por todo el establecimiento, a llenar los carros con diferentes productos para luego salir, cual proyectil hambriento,  despedidos por la puerta.  Los que se quedan,  tratan de acarrear todo lo que pueden y  lo que no pueden llevar,  lo destruyen. A quienes somos espectadores  del incidente las latas, envoltorios y toda clase de objetos,  nos sobrevuelan por encima de la cabeza.  Quedamos paralizados y sin saber que hacer.

Aún atemorizada logro reaccionar, abandono  el carro con todo adentro y  me alejo lo más que puedo hacia el fondo del local.  En mi angustia, llevo a Rafa  casi arrastras conmigo.  Descubro unas escaleras y,  temblando aún, subimos por ellas.   En la cúspide de estas una pesada puerta cede ante mi  empellón.  Hemos entrado y  me doy cuenta que es un gran depósito. Aquí  hay muchas cajas, cosas sueltas y esparcidas por el piso, paquetes de alimentos a medio consumir y un penetrante olor a ratas sustituye el delicioso aroma del café  desparramado un rato antes.   El griterío que viene de abajo es ensordecedor.  “Me esconderé  con el niño hasta que cesen esos  gritos y estruendos”— pienso.  Estamos ocultos tras un montón  cajas.

—Mami, tengo miedo —Rafa está apretujado contra mi pecho. Tiritando.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde que estamos aquí.  Los gritos y ruidos de objetos que caen   han disminuido.  A lo lejos se escuchan detonaciones pero siento que quizás ya no hay peligro  y decido salir de mi escondite con Rafa fuertemente abrazado.  Bajamos por las escaleras con mucha precaución.  Los asiáticos que quedan dentro del local se asustan al vernos. También nosotros nos asustamos. Sus caras,  tanto como las nuestras,  reflejan  terror.  Uno de ellos se apresura, abre la puerta del establecimiento  y nosotros salimos presurosos. Rafa continúa aferrado a mi mano.

La calle que cruzáramos  hace, no sé cuánto tiempo, ahora nos muestra los estragos del saqueo.    Desde todos los ángulos los negocios destrozados y  militares apostados frente a ellos.  
Algunas ambulancias  comienzan a recoger  nuestros primeros muertos.

Los Teques, 27 de Febrero del 1989


                          ANDREA VICTORIA ÁLVAREZ ÁLVAREZ

Escritora venezolana, nace en Caracas en 1956.  Maestra  normal.  Forma parte del grupo cultural “Pie de Página”, auspiciado por la Casa de la Cultura del estado  Aragua.  Publica en diversas páginas  Web (La Casa de Asterión, Sane Society).  Algunos de sus escritos han sido publicados en la revista digital literaria “Letralia”. En papel, en las  antologías “Poesía iberoamericana del siglo XXI, tomos I y II”;  editadas en México  por la Sociedad internacional de poetas y escritores “SIPEA”.  URL: www.sanesociety.org




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