Sunday, December 06, 2015

MARIO CAPASSO

Mario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.
Literariamente, se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro, Federico Jeanmaire y Luciana Carolina De Mello.
Ha publicado cinco libros:
 El futuro es un tropel absurdo, cuentos, año 1999.
 El Edificio, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002.
 Piedras heridas, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005 (2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes, año 2003-Jurado: Ana María Shua, Vicente Battista y Juan José Hernández). 
 La Ciudad después del humo, novela, Martelli y López Editores, año 2011.
Hasta ahí nomás, microcuentos, Premio Edición “Luis Di Filippo”, año 2014, certamen organizado por Asociación Santafesina de Escritores.
La  novela El Edificio y el libro de cuentos Piedras heridas  han sido traducidos y publicados en Francia por Editions La Dernière Goutte, años 2012 y 2014 respectivamente.
Su novela inédita La Llanura antes recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes, certamen año 2012. El jurado estuvo integrado por Matilde Sánchez, Daniel Guebel y Juan Ignacio Boido.
Ha escrito, además, tres novelas, un volumen de cuentos, dos de ficciones breves y tres obras de teatro.



EL ERROR


El hombre accedió a la zona de la ciudad a la que se llega tan sólo por efectos de un error. Pero, ¿en qué se había equivocado? ¿Dónde fue que metió la pata? Tal vez lo había engañado el color del colectivo, un vehículo que ahora no recordaba muy bien y que quizá ni siquiera había existido. O a lo mejor se había distraído en aras de un porvenir mejor, con más dinero y poder. Por qué no plantearse también la posibilidad de haber seguido a una mujer hasta perderse. En fin. El caso es que ahora se encontraba en medio de una calle solitaria, enmarcado por una especie de neblina carente de olores y otras señales que ayudaran a identificarla, frente a varios carteles en blanco y flechas que indicaban todas las direcciones, y él debía por fuerza elegir un sentido para encarar su salida de allí, tomar partido por una de las opciones que se ocultaban detrás de lo que parecía evidente y no lo era. Comprendió que cualquier nuevo error podía resultarle fatal, y él quería salir de esa encrucijada y regresar al punto de partida, aunque en verdad no sabía muy bien por qué, quizá para tener la opción de pifiarle de nuevo a la vida y sus posibles sentidos, pues de eso y de nada más se trata este asunto del viaje que todos emprendemos alguna vez, se dijo.



EL LÁPIZ


Un gesto de complacencia se dibujó en el cuerpo del historietista cuando vio que el lápiz bosquejaba sobre el papel una sonrisa bonachona en la cara del villano. Al fin había logrado vencerlo, se dijo. Sin demasiados firuletes el bien se había impuesto y la humanidad podía respirar aliviada de una punta a la otra, fuera de peligro por los siglos de los siglos. Al menos algo así pensó el creador de la historia, puesto de perfil, creyéndose a salvo, apenas unos pocos segundos antes de comenzar a escuchar los pasos acercándose. Cuando giró la cabeza, el tablero se sacudió y, muy a su pesar, sin atinar a un bosquejo de defensa, el entorno comenzó a desdibujarse y a rumbear para el lado equivocado, el de la maldad sin nombre ni límites ni compasión, que en seguida se delineó en la cara del dibujante y quedó plasmado en la representación de un enorme ceño fruncido, a punto de quedar afuera del cuadrito correspondiente, en una acción que forma parte de otra historieta que aún está por esbozarse, según alcanzó a decirse, todavía con las palabras dentro del globo.

LA PUERTA


La puerta del dormitorio se abrió sin ruido y el hombre, después de atravesarla con éxito, dio los primeros pasos sobre la alfombra, los ojos bien abiertos, más que nada para no caer en alguna trampa que el bosque pudiese haberle preparado. Ya con unas cuantas horas de caminata sobre el lomo, levantó la cabeza y observó el empapelado en las paredes. La mirada le sirvió, entre otras cosas, para identificar a su derecha una rajadura y entonces calculó que, de seguir con ese ritmo de marcha, llegaría al valle poco antes del amanecer y allí podría descansar y recuperar energías. Entusiasmado al imaginar la meta, no se detuvo, más bien todo lo contrario. En una zona especialmente trabajosa, mientras manoteaba con fuerza para abrirse paso entre la vegetación, advirtió que por suerte la luz del velador, que alguien había dejado encendida, lo ayudaba a guiarse entre los árboles y las plantas, que parecían cubrirlo todo, salvo ese caminito que ahora él pisaba con un entusiasmo renovado y que poco a poco iba dejando atrás, al igual que iba dejando atrás la pesadilla en la que él mismo se veía envuelto en una especie de follaje que se le había metido en la habitación, del que sólo se podría librar si lograba atravesar una puerta que veía de reojo.











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