Sunday, November 22, 2015

DANIEL FRINI

Daniel Frini nacío en Berrotarán (Córdoba, Argentina) en 1963. Es ingeniero de profesión, escritor, poeta y artista plástico. Como escritor y poeta, ha publicado en varias revistas virtuales y en papel, en blogs y en antologías en Argentina, España, México, Brasil y Uzbekistán. Algunas de sus obras han sido traducidas al portugués, italiano, francés, inglés y uzbeko. Próximamente serán editados dos libros: "El Diluvio Universal y otros efectos especiales" (Ed. Andrómeda, Buenos Aires, Argentina. Relatos cortos) y "Manual de autoayuda para fantasmas" (Ed. Micrópolis, Lima, Perú. Relatos cortos)

Y caerá el muro de la ciudad 

―Crux Sancti Patris Benedicti, Crux Sacra sit mihi lux, non draco sit mihi dux, ¡vade retro Satanas!...
El sacerdote, alto y desgarbado, se preparó, con esta oración, para comenzar el ritual, mientras besaba la medalla de San Benito, y alistaba el crucifijo, el agua y el aspersor, la sal, la estola violeta y la imagen de la Virgen, acomodándolos prolijamente en el mueble, a los pies de la cama donde estaba tendido el poseído.
Per signum Sanctae Crucis… ―dijo mientras se plantaba frente al atormentado hombre, que lo miraba con odio y rojo de furia.
Tomó el copón con agua, y mientras echaba en él la sal, la bendijo
―…ut fias aqua exorcizata ad effugandam omnem potestatem inimici…
El endemoniado gritaba, con voz cavernosa, en algún idioma olvidado hacía milenios. El sacerdote, introdujo el aspersor en el agua bendita, y mojando al otro comenzó:
―Abjuro te, spiritus nequissime, per Deum omnipotentem…
Él, el único y oculto sacerdote de toda la Archidioecesis Bonaerensis autorizado para exorcizar demonios, ya entrado en sus cincuenta años; solitario, hosco y huraño, con más de un cuarto de siglo enfrentándose, cara a cara, con el enemigo, estaba otra vez en batalla.
Y dentro del hombre poseído, nosotros.
El ritual fue largo, muy largo. No nos importó, teníamos tiempo
―…ut descedas ab hoc plasmate Dei…
Estudiamos a fondo los viejos libros, desde el Statua del año quinientos, pasando por el Malleus de Sprenger y Kramer, por el Flagellum de Girolamo Menghi, el Exorcistarum de Brognolus, la Summa Daemoniaca, todos los catecismos; hasta llegar al Rituale Romanum de mil novecientos noventa y nueve. Después de más de dos mil años, por fin, encontramos la forma de derrotarlo: por un lado, el sacerdote estaba solo, y nos enfrentamos a él de a uno por vez; por otro, mientras él continuaba con sus letanías, hora tras hora y día tras día, el que estaba en el turno de enfrentarlo repetía, paciente y para sí, la tabla del nueve, en cualquier idioma que se le viniese en gana.
Exorcizo te, omnis spiritus immunde, in nomine Dei, Patris omnipotentis…
―Nou per sis, cinquanta-quatre.
―Tu autem effugare, diabole; appropinquabit enim judicium Dei.
naw gwaith saith, chwe deg tri
Aguantó solo diez días y murió.
Lo hicimos. La Ciudad de La Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre no tiene a nadie que la proteja de nosotros. Llevará tiempo formar un reemplazo para el sacerdote. Mientras tanto, nosotros seguimos entrando en el cuerpo de los porteños.
Nuestro nombre es Legión.


Ap. 6:1

Entonces, el Cordero abrió el primero de los sellos del Libro y vi al primer jinete. Llevaba un arco y una corona, y le fue dado el poder de vencer a sus enemigos. Su nombre era Victoria.
El Cordero abrió el segundo de los sellos del Libro; y vi al segundo jinete. Llevaba una espada muy grande y le fue dado el poder para quitar la paz de la tierra y hacer que los hombres se maten unos a otros. Su nombre era Guerra.
El Cordero abrió el tercero de los sellos del Libro; y vi al tercer jinete. Llevaba una balanza en su mano. Su nombre era Hambre.
El Cordero abrió el cuarto de los sellos del Libro; y vi al cuarto jinete. Lo seguía todo el infierno y le fue dado el poder sobre la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras. Su nombre era Muerte.
Vi, también, que Victoria iba montado en un burro petizón, de pelaje tordillo blanco, de cabeza grande y orejas caídas. Con el trote lento, la corona de Victoria estaba ladeada, y el arco a su espalda subía y bajaba, como un elástico, al ritmo de la marcha.
Y vi que Guerra jineteaba un caballito de madera, de color rojo, con rueditas, como aquel que me regalaron mis padres para navidad, cuando yo tenía seis años. Guerra se impulsaba, trabajosamente, con sus pies; renegando en el terreno pedregoso. Arrastraba su espada, que dejaba un surco enorme en la tierra.
Y vi que Hambre montaba un matungo negro; viejo, muy viejo, afiebrado, con cicatrices de heridas antiguas y costras sanguinolentas de heridas nuevas en el lomo, las patas y la cabeza. Hambre llevaba la balanza colgada a un costado de la montura, llena de polvo y con vestigios de telarañas.
Y vi que Muerte cabalgaba un viejo caballo de calesita —reliquia arrancada de alguna plaza— de fibra de vidrio, pintado con laca amarilla descascarada. Los de la primera fila de la legión del infierno que lo seguía, se sonreían. Los últimos lloraban en franca carcajada.
Y oí que Victoria decía “Ya nadie nos respeta…”
Y oí que Guerra decía “Nadie cree en nosotros…”
Y oí que Hambre decía “Estamos muy viejos para estos trotes…”
Y oí que Muerte decía “Estos de atrás, la verdá que me rompen soberanamente las pelotas…”


Di end is comin

Los dados giran en el aire dando volteretas.
Se muerde los nudillos viendo cómo el primero cae sobre la pana verde y rebota hacia adelante y ligeramente a la derecha. El segundo dado parece clavarse y se diría que pega un respingo hacia atrás. Unas vueltas más y se detienen prácticamente a la vez. Él y el otro miran la mesa con aprehensión. Un dado muestra un tres; el otro, un dos.
―¡Ah! —grita el que arrojó los dados, mientras se golpea la frente.
―¡Ja! —se sonríe el otro, mientras se echa hacia atrás y se arrellana en su sillón.

El primer misil impactó a unos tres kilómetros al norte de Makka Al-Mukarrama , el noveno día del mes de du-l-hiyya, el último día de la hajj; cuando unos dos millones y medio de peregrinos se despedían de la Kaaba.
El segundo misil cayó muy cerca del Hakótel Hama'araví, obliteró Yerushaláyim y mató a más de quinientas mil personas.

―Me toca a mí —dice el otro. Recoge los dados y los mete en el cubilete. Agita, mientras cierra los ojos. Parece rezar. En un movimiento brusco, gira el vaso y lo deja caer, boca abajo, sobre la mesa. Lo levanta lentamente. Un dado indica un cinco; el otro, un uno.
―¡Sí! —grita el que arrojó, ahora, los dados.
―¡No! —grita el primero.

El tercer misil destruyó New York, el cuarto impactó en Berlin. En tres días, casi las cuatro quintas partes de la humanidad habían muerto. Doce días después la nube radioactiva había cubierto la totalidad del planeta.

―Un cuatro, un cuatro… —ruega el primero, mientras prepara el tiro.
―Me parece que, como siempre, te gano —dice el otro.
Los dados vuelan y caen. Un dos. Un tres.
―¡No puede ser! —grita el que tiró.
―¡Sí! ¡Otra vez! ¡Tomá! ¡Gané!—grita el otro.

Veinte días más tarde, el inmenso mecanismo enviado por el G-7; y por cuyo control se desató la guerra, sin nadie que gobierne su entrada en órbita, impactó en el sol y liberó su carga. La explosión de Supernova fue, prácticamente, inmediata.

―¿Jugamos otro?—dice El Caído ―Ya te gané tres seguidos.
―Dale ―dice Dios ―. Esto no puede quedar así
—Te cedo el honor.
―Bueno —contesta Dios, mientras agita el cubilete.
Una eternidad después, arroja los dados y dice
―¡Hágase la luz!


El aprendiz

La tarde era por demás calurosa. A lomo de burro, Dan-Istet se dirigía a aprender su oficio de escriba en la Casa de la Vida, en el viejo templo de Toht, en las afueras del oasis de Waht-Smenkht, a diez días de marcha de Uaset, la grandiosa capital del Egipto del junco y de la abeja.
Como todos los días, cuando Ra empezaba su marcha hacia la noche; Dan-Istet llegaba con su cuenco conteniendo tinta de mirra, y una hoja nueva de papiro. Lo recibía el humo dulzón de las flores de nenúfar y mandrágora que los hery-aj encendían temprano, para allanar el camino hacia la sabiduría de los dioses a los que concurrían a la escuela.
Como todos los días, lo recibió el Gran Artesano de la Casa de la Vida, Serj-uef-Shepsut:
—¡Por Horus, toro omnipotente que aparece en la gloria de la ciudad de Men-Nefer! Dan-Istet, pequeño escarabajo de la tierra negra del Nilo ¡Otra vez llegas tarde! Ve inmediatamente adentro a esperar a tu nebef.
Como todos los días, Dan-Istet entró a su sala, se sentó cruzando las piernas en el duro suelo, dispuso el cuenco con tinta a su derecha y desplegó el papiro sobre sus rodillas; a la espera de la llegada del Escriba de los Rollos de Papiros Sagrados en la Casa de la Vida, y Fekety en el templo de Toht, Raperure-ankh-Urhotep.
Como todos los días, seguido de varios hery-anj, Raperure entró al recinto. Miró fijamente a Dan-Istet, entre las volutas de humo y en la penumbra reinante; y dijo:
— Nuevamente, pequeña pulga molesta en el gato de Sejmet, he rechazado tus deberes por defectos de forma ¡No aprendes más! Escribirás 10 veces la regla de la escuela
Y se retiró, con los otros, dejando solo al alumno.
Como todos los días, Dan-Istet contuvo el enojo. Con la visión empañada por las lágrimas, tomó su pluma, la mojó en la tinta y comenzó a dibujar en el papiro, los pictogramas tan conocidos de la regla:
«Antes de ibis o bastón, siempre va buitre»
«Los diálogos empiezan con serpiente»
«Toda oración finaliza con dátil y seguido»
«Las palabras agudas llevan codorniz en la última sílaba…»


Costumbre amorosa de los gigantes

Cuando un gigante decide proponerle casamiento a su novia, le ofrece una primorosa caja de madera de incienso rojo, más o menos del tamaño de sus manos y le dice, con voz quebrada:
―¿Te quieres casar conmigo?
Ella la toma y exclama:
―¡Ay! ¡Por supuesto, mi vida! ¡Gracias, mi amor! ¡Qué hermosa!
Temblorosa y con gran expectativa, la gigante abre la cajita y encuentra, sobre terciopelo azul ―color que entre esta raza simboliza fidelidad— un humano atado de pies y manos, su boca amordazada y un terror indecible en su mirada. Alrededor de su cuello, anudado un hilo ―hilo para los gigantes, gruesa cuerda para los humanos— de oro y plata.
En una ceremonia muy emotiva, la mujer se inclina sobre la cajita y el gigante ata el cordel en la nuca de su amada, cuidando de que quede adecuadamente flojo. A continuación, ella se levanta de golpe y el hilo se tensa. El humano pendula sobre el pecho sonrojado, se contorsiona, encoje y estira sus piernas varias veces, gira apenas su cabeza a un lado y otro buscando una bocanada de aire que no está, completamente ajeno al beso con que los novios sellan su compromiso. Luego muere.
La novia llevará el cadáver del hombre en su cuello hasta el casamiento, más o menos un año más tarde. El olor a putrefacción se considera de buen augurio y es motivo de orgullo para las gigantes, debido a que indica su condición de mujer comprometida en matrimonio.
Después de la boda, será el marido quien quite el colgante y lo guardarán, juntos, dentro de algún libro de poemas que él le habrá regalado durante el noviazgo.
Unos doscientos años después, el esposo habrá muerto.
Un día cualquiera, su viuda estará sola ―los hijos también se habrán ido y verá a los nietos una o dos veces por año— y sumida en la nostalgia tomará el viejo libro, lo abrirá con temor respetuoso y encontrará el pequeño esqueleto casi formando parte de las páginas. Dejará caer una lágrima, más o menos donde el humano tenía su corazón. Ella creerá, por un segundo, sentir de nuevo el olor tan amado a carne putrefacta.


Blacyipblus

Érase una vez una oveja negra y de ojos claros. Pañuelo de seda al cuello; minifalda roja y medias de red. Fumaba mentolados en boquilla larga. Acostumbraba a abanicar las volutas de humo con una sola caída de sus pestañas kilométricas. Los ovejos estaban turulecos.
Una tarde de julio, a eso de las seis, vino el lobo. Mercedes descapotable, anteojos oscuros, melena al viento, hocico con bronceado caribe. La oveja negra se fue con él sin decir adónde ni mirar atrás.
Este podría ser el fin, pero no.
Los ovejos no soportaron el dolor de la pérdida. Por esa época escribieron los mejores poemas de desamor y compusieron los blues más desgarradores, casi como Ma Rainey cantando Deep Moaning Blues. Once ovejos se suicidaron, aunque se sabe que, en el rebaño, «once» es otra manera de decir muchos.
Este podría ser el fin, pero no.
La oveja y el lobo se instalaron en la gran ciudad. Llevaron una vida glamorosa y fascinante. Fueron fotos en tapas de revistas, desde donde reglaban la moda; y hechizaron a la audiencia de livings elegantes de la televisión.
Sin embargo, un tiempo después, el lobo adujo cierta necesidad de comprar cigarrillos y se fugó con Caperucita. La oveja lo esperó los días exactos que demoró en darse a la bebida. Un año más tarde, murió de frío en la calle, a no más de una cuadra y media del Caesars Palace. Nadie la reconoció. La enterraron en una tumba sin nombre en el Cementerio del Sur.
Este podría ser el fin, pero no.
Entre los ovejos, la oveja negra se convirtió en leyenda. Su eclipse se tradujo en viajes al Oriente; en fobia a las personas y reclusión en un penthouse de Bruselas; en un accidente de aviación cuando llegaba a esquiar en las pistas de Aspen. Su sonrisa sesgada se hizo cada vez más oblicua; sus dientes blancos brillaron más al pasar de una generación a otra; sus ojos son, ahora, casi transparentes.
Hoy, los ovejos la recuerdan como quien evoca a Greta Garbo.
Este podría ser el fin, pero no. Aunque no sé cómo sigue.


Tratado acerca de cómo levantar minas (o explicación sobre la superabundancia de los Pérez)

―Una palabra ―me dijo el gordo.
—Dale, decímela, no seas así.
―Decís la palabra y las turras se mean por vos.
—¿Denserio?
―Posta.
―Jatejoder.
―Es un secreto que se trasmite de padre a hijo. A mí me la enseñó mi papá cuando cumplí los nueve. Por eso los Pérez somos muchos. No necesitamos levantar minas. Yo veo una mina que me gusta, me le acerco y le digo al oído la palabra; y ya está.
—No te creo
—Quemimporta.
—Si vos ya tenés trece y todavía no tuviste novia…
—Porque no se la dije a ninguna. Hay que tener cuidado y elegir bien, porque no hay vuelta atrás. Si le decís la palabra a una mina, es para siempre y no te la sacás más de arriba. Y no es cuestión de andar juntando mujeres.
—¿A si? ¿Tonce porqué tu tío Pedro es soltero?
—Por que es sordomudo, boludo ¿Y cómo querés que diga la palabra?
—Y las mujeres de tu familia ¿la saben?
—¿Sos nabo, eh? ¡Claro que mi vieja la sabe! ¡Se la dijo mi viejo!
—No hablo de tu vieja. Hablo de tu hermana, o tus primas…
—No deberían. Pero capaz que las mujeres más viejas ya se la dijeron. No sé.
—Sigo sin creerte.
—Ya te dije. No me importa si me creés o no.
—No seas guacho. Decímela.
—¿Tas en pedo? ¿Vos te creés que tengo ganas que vos te enamores de mí?
—¡¿Funciona, también, con los hombres?!
—¡Si, pelotudo!
—Entonces, ¿el Anselmo Pérez…?
—¡Claro! ¡Se la dijo al Carlos y ahí los tenés a los dos!
—Mirá vos. Dale, escribímela.
—No.
—¿Porqué?
—Porque es un secreto de los Pérez. Ya te dije.
—Ufa, boludo. Vos querés todas las minas para vos.
—Puede ser.
—No me la querés decir porque es mentira.
—Pensá lo que quieras. 
—Mirá si te morís mañana y no se la dijiste nunca a nadie.
―Ta pensado, eso. No hay problemas. Dice mi viejo que es como las hormigas: una cuestión de escala. No importa lo que me pase a mí. Ya te dije que los Pérez somos muchos.


El nombrador

Ocurrió en el principio. Quiso Yahvé que Adán entendiese la necesidad de contar con una compañera, haciéndolo ver que cada animal tenía una. Para ello lo mandó a nombrar a los animales; y que así los conociera león y leona, lobo y loba, oso y osa.
Dice el Génesis: “Adán puso nombre a todo ganado, y a las aves del cielo, y a todo animal del campo”.
Pero Adán vio muy pronto que no era suficiente nombrarlos «caballo», «buey», «elefante», «paloma». Fue necesario encontrar un sistema jerárquico para clasificarlos en especies, géneros, subórdenes, órdenes, familias, sub clases, clases, subtipos, tipos y reinos, decidir entre monofiletismo y parafiletismo.
Se hizo imprescindible diferenciar entre procariotas y eucariotas, autótrofos o heterótrofos; reconocer equinodermos, vertebrados, urocordados y cefalocordados; deuterostomos y protostomos; platelmintos, nematodos, anélidos, artrópodos y moluscos; celomados, pseudocelomados y acelomados; ectodermo, endodermo y mesodermo, diblásticos y triblásticos, cefalización, metámeros y proglótides, poliquetos, oligoquetos e hirudineos, agnatostomados y gnatostomados.
 Fue necesario estudiar la simetría bilateral, esférica, pentámera y radiada, o la ausencia total de ella; la segmentación, la gastrulación y la organogénesis; el grado de semejanza bioquímica, y las comparaciones morfológicas o estructurales.
Aparecieron, además, problemas para ubicar a algunos organismos; tales como la elysia chlorotica, o las hormigas formicinae y myrmicinae; o la filogenia de la attini.
Y, además, ¿dónde ubicar a los virus? Por otra parte, estaba claro que el mensaje de Yahvé tenía que ver con que Adán y su compañera poblasen la Tierra; pero ¿cómo se entiende, entonces, la reproducción asexuada de las bacterias, sin que exista meiosis, formación de gametos o fecundación? ¿Qué de la plasmatomía y el enquistamiento? ¿Y la gemación, la esporulación, la fragmentación, la conjugación, la automixis o la regeneración? ¿Y dónde ubicar al anthia, capaz de cambiar de sexo?...
Yahvé movió negativamente su cabeza y le dijo a Adán:
—Dejá, nomás, deja. Tomá, acá te hice a Eva. Yo me encargo de esto de nombrar a los animales. Ustedes dos vayan a jugar al Paraíso; y no me jodan al menos por dos eones.


El alma en pelotas

Apagó la luz de afuera de la casa, cerró la puerta, miró la calle, con temor. Hacia el río y en el horizonte, una línea apenas más clara que la noche marcaba el amanecer próximo. Hacía frío. Apretó a su bebé contra el pecho y tapó su cabecita con la vieja manta. Tomó del piso el bolso con la ropita de su hijo y se lo colgó del hombro. Caminó las ocho cuadras hasta la avenida, esquivando barro y charcos. Algún perro ladró, no muy lejos, en el barrio quieto.
Subió al colectivo, repleto a esa hora temprana. Un obrero le dejó el primer asiento. Musitó un gracias vergonzoso y se sento pidiendo disculpas, mientras acomodaba a su bebé y sostenía, fuerte, las manijas del bolso. La noche había sido mala. El miedo y esa sensación de «están a la vuelta de la esquina» no la dejaron dormir y ahora, el ronrroneo del motor la acunaba invitándola a cerrar los ojos. Un reflector la despertó del todo y el miedo volvió ¿Policía o ejército? Milicos. Peor. Hicieron bajar a todos y los revisaron, uno por uno. Antes de llegar a ella, habían separado a cuatro hombres. El que la revisó, sin hablar, la miraba con desconsideración. Allí no habría piedad. La palpó a ella, al bebé y le hizo abrir el bolso. Sacó pañales, maicena, hipoglós. Ella cerró los ojos y se mordió el labio. El hombre siguió con otros.
Llegó al centro y entró al pequeño bar. El hombre la esperaba en una mesa del fondo. Tomó el bolso, volvió a sacar la ropa (Es igual al otro, pensó ella). Sacó los panfletos que estaban bajo la ropa y se fue. Tampoco habló. Ella, sopesando las dos monedas que le quedaban, pidió una leche caliente para su hijo.


La leyenda del hombre amantísimo

Cuentan los viejos de mi pueblo que en la sierra había un hombre que amaba a su familia como nadie, nunca, entendió el amor.
Cierto día, cuando sus hijos eran aún niños tuvo una visión: El llanto desconsolado de ellos velando su cadáver, y a su mujer dejándose morir de tristeza. Con el corazón estrujado por el dolor, supo qué debía hacer. En los años que siguieron se dedicó a la bebida, al juego y a las mujeres de la vida; gastó su dinero en lujos mientras los suyos pasaban hambre; faltó a cumpleaños y aniversarios, olvidó navidades y pasó cada noche vieja con una amante distinta y en su propia casa; mezquinó luces y comodidades y evitó, aduciendo avaricias de todo tipo, que hubiera calor en los inviernos. Soportó gritos y golpes retrucando con sonrisas sarcásticas; cultivó amistades entre sujetos olvidables y se arriesgó en dominios del hampa dilapidando pequeñas fortunas y obligando, más de una vez, a su mujer e hijos a dormir en sucios hoteles y aguantaderos por haber perdido casa y bienes.
Viejo de años y sabedor de que el fin estaba cerca buscó la wiskería más sucia y a la mujer más enferma y pasó días enteros con ella. Murió sobre la puta, que se pagó sus servicios con los últimos billetes que tenía el muerto.
No dejó nada en herencia para los suyos que lo enterraron en cajón barato y sin bendición del cura y sin velarlo.
Tanto amó el hombre a los suyos que, por amor, se hizo odiar. Así fue como triunfó y les evitó la pena de su partida. Pronto fue olvidado. Nadie recuerda su nombre y, menos aún, dónde fue enterrado.


Apenas minutos antes de la orden de ataque

—¿Cómo que llamás desde Córdoba? ―dijo, con asombro y mirando al auricular — ¿Cómo conseguiste hablar con el Cuartel General? ¡Dale! ¡No es momento para bromas! ¡Por aquí todo está dado vueltas y no tenemos tiempo para conversar! ¡No mamá, no estoy con mis amigotes! ¡No, no estamos tomando nada! Es difícil de explicar, mamá, pero no podemos —repito: no podemos― hablar ahora. Estamos en alerta rojo y es una situación crítica, mamá ¡No, el idiota del Chicho no está conmigo! ¡Y el Lechu tampoco mamá! En este momento el General en Jefe está dando las últimas directivas antes de… ¡No, mamá, ya no salgo con Fernanda! ¡Y no es una trolita, mamá! Oíme, tengo que cortar porque me llaman de Planificación de Operaciones y tengo… ¡Hace años que no juego mamá! ¡Y acá no hay casinos! Tengo a cargo una división de Infantería de Marina y nos preparamos para… ¡No mamá! ¿Y qué hacés en Córdoba? Te avisé hace tiempo que no debías ir para allá ¡Y te rogué que me hicieras caso! No, mamá… No… Te lo repito, ahora… No... ¡Que te tenés que ir de ahí! ¡Ya! ¡No me importan tus amigas mamá! Me están llamando para… No, mamá. Mis soldados están esperándome. Si, mamá. Te lo ruego, ándate ya mismo. Daré la orden para que una nave de rescate pase a buscarte… ¡No, mamá, dejá la perra ahí! ¡Y tampoco podés llevarte las begonias! ¡Mamá, la nave solo tiene lugar para vos! Que no, mamá ¡Soy Comandante Imperial de la Fuerza de Invasión Marciana a la Tierra! ¡Córdoba será uno de nuestros primeros objetivos y vos no deberías estar allí de vacaciones, mamá!


Se necesita un manual de autoayuda para fantasmas

Zacarías Ayala era muy feo.
Y era curandero. Arte que heredó de su abuela, famosa por el litigio que le ganó, allá por el cincuenta, al doctor Zamponi, quien la había denunciado por ejercicio ilegal de la curandería.
Ayala fue contratado por la viuda del alemán von Staffel, doña Nieves García Rodríguez, hija del que fuera gobernador antes de la revolución del sesenta y uno. No está clara la naturaleza de su trabajo, pero al cabo de tres meses, el curandero estaba viviendo con la viuda, en el casco de la estancia del alemán. Desde esa época se le conoció en el pueblo como el Yeti Ayala, el abominable hombre de la Nieves.
Von Saffel todavía habitaba la casa, en calidad de fantasma, y sospechó algo cuando el olor a sahumerios —a los que siempre fue alérgico— comenzó a afectarlo. Cuentan los peones que era muy común escuchar los estornudos del finado, aún durante el día.  El Yeti alegaba que el patchouli mantenía a raya a la culebrilla, al mal de ojo y a los cornudos.
Celoso, el fantasma decidió asustar y echar de su casa a su reemplazante; para lo cual una noche abrió la puerta del baño, con la peor cara de muerto que pudo poner.
Ayala se estaba afeitando. Von Saffel no vio a uno, sino a dos feos: el original y al reflejado en el espejo. Su terror fue tal que desapareció para siempre de la estancia.
Esto ocurrió hace más de treinta años. Aún se escuchan sus estornudos en medio del campo. Se agravó su alergia. Ahora no soporta ni el olor a soja.


Dirán, con temor, nuestro nombre en los fogones

Drop me miró, y supe lo que pensaba. Desde niños nos entendimos con la mirada. La bella Targ estaba bañándose en el arroyo que está a dos tiros de piedra de los Árboles donde pernocta el clan. Estaba hermosa con sus brazos peludos y sus pechos caídos. La ataqué con una piedra. La llevamos hasta el Gran Árbol Viejo. Mientras esperamos que despertase, se desató una tormenta. Como es tabú tocar mujer dormida, nos refugiamos bajo La Piedra. Un rayo tremendo impactó directamente en la cabeza de Targ. Así inventamos la picana. Generaciones venideras resolverán como hacerla portátil o regular la intensidad del voltaje. Menudencias.
Después atacamos a Zrup, hijo de Fluj. Lo empujé y una vez en el suelo, Drop puso las manos en su cuello. Zrup dijo:
—¿Uhgg pllu kkhhugg?
—¿Que dijo, Grog? —me preguntó Drop, que no entiende el lenguaje del clan de La Caverna.
—¿Qué hacen, muchachos? —traduje.
—¡Ghh kkugghh sshgguhh! —dijo Zrup
—¿Y ahora qué dice? —me interrogó Drop
—Nada. Ahora se está ahogando porque le apretás el cuello —contesté.
Entonces, Zrup se marchó junto al Gran Espíritu.
Luego matamos a Ull, la de cabellos amarillos; al viejo Grp, a la bruja Jjgh y a Zop, domador del Gran Tigre; a Yog, a Xtog, a la gorda Hgg, al pelado Dyp, a Xorg, a Kxarg y al rengo Dpog. Todo eso en un sol y una luna; y por diversión.
Seremos recordados.
Los primeros asesinos seriales de esta incipiente humanidad.


Los hechos en el caso de mi brazo izquierdo

No sé por qué lo hizo. 
Yo estaba muy cansado después de un día particularmente difícil. Llegue a casa; puse, a medio volumen, la versión de Rachmaninoff de la Marcha Turca de Mozart, me serví un vaso con dos medidas de whisky y dos cubitos de hielo, me quité el saco y la corbata, desabroché el primer botón de mi camisa, me deshice de mis zapatos y me recosté en el sillón de la sala, como hago todos los días. Y como me pasa todos los días, un sorbo después me dormí.
Supongo que al llegar de su trabajo, ella me encontró con el brazo izquierdo bajo el cuerpo —vieja costumbre mía— y, a sabiendas de que en esa posición le quito la circulación y después estoy más de una hora refregando un brazo casi muerto; decidió aplicar sus escasos conocimientos sobre mesmerismo,  (obtenidos, con certificado, en algún portal de mala muerte en la web) e hipnotizarlo cual si fuera el Señor Valdemar.
Hace tres meses que mi brazo piensa por sí solo. Entre otras cosas, le pega coscorrones a los pelados cuando viajo en subte, le toca el trasero (casi digo culo) a las damas, roba billeteras de los bolsillos y monedas de los sombreros de los indigentes y me rasca en la zona inglinal cuando hago la cola en el banco.
Ya no sé cómo pedir disculpas. Lo peor es que no me animo a despertarlo, no vaya a ser que degenere instantáneamente en una masa casi líquida de odiosa y repugnante descomposición.


El viaje del alma de Juan Benítez

Se encontró sumergido en un mar de un color azul profundo, espeso, pegajoso, absorbente al estilo de las arenas movedizas. Intentó mantenerse a flote, nadar con la esperanza de llegar a alguna isla ignota; pero no pudo. Tres minutos después estaba muerto. Ahogado. Su alma comenzó a elevarse. Conforme subía, miró hacia abajo y no vio su cuerpo. «Estoy demasiado alto para verlo», se dijo; aunque también se sospechó hundido en esa gelatina oscura. Siguió subiendo. El mar parecía, ahora, un anchísimo río cuyas orillas blancas enmarcaban una quieta corriente. Después y más arriba vio las curvas y meandros del cauce, las islas, las pequeñas bahías. Subió aún más. El río dilatado se le antojó un arroyo enrevesado entre idas y vueltas inciertas. Una eternidad después y todavía ascendiendo, alcanzó la plenitud de la iluminación, el saber que es parte del anhelo infinitamente viejo; y el conocimiento lo golpeó en la boca del estómago con puño formidable. Vio el nacimiento y el fin del cauce. Vio el texto de la vida escrito en tinta azul y una cursiva de cuidada caligrafía (¿la letra de una deidad?) sobre una blanquísima hoja blanca. Comenzaba con una mayúscula esmerada y terminaba, claro está, en un punto final. Su mar, su río, su arroyo, su texto era una sola palabra: «Adiós».
Un pequeño imán sostenía el papel en la puerta de la heladera, donde lo dejara colgado Iris antes de irse, para siempre, de su lado.


Leyes no escritas acerca del tamaño, discutidas bucólicamente en la costa de Magallanes

Tres días hace que la nave está fondeada a una legua de la costa de la Tierra del Fuego, cerca de un islote que la protege del viento.
Annëken, kon de los selk’nam que habitan el centro de la isla, hace tres días que la vio y espera sentado, apenas cubierto con su chonhkoli de piel de guanaco, impávido y abstraído del frío y el viento, a que algún c'ón baje, para hablar con él. Es un chamán instruido e inteligente, que domina el idioma de los hombres que dicen venir de la España de Fernando sexto y la lengua de los hombres que vienen de la Inglaterra de Jorge segundo.
Por fin, cuando el viento amaina, se desprende una chalupa con un solo hombre. Llega a la costa, baja y se aproxima a él. Con voz altiva, le dice:
—Buenas tardes, doctor Lemuel Gulliver a su servicio.
—Lo hacía más alto.
—Son habladurías. No crea todo lo que escucha.
—Me pasa lo mismo. Dicen que tenemos pies grandes; y solo porque algún español confundió nuestras huellas en la arena.
—Es cierto, me había llegado esa noticia.
—Conocí a una compatriota suya. Vio mis pies calzados, y luego, cuando me vio desnudo en la intimidad de mi kawi,  me llamó mentiroso. Citó alguna regla acerca de la dotación del que tiene pies grandes.
—Lo entiendo. En Liliput solían hacerme chanzas por lo mismo, envalentonados por ser petisos y no sé qué cosas con la ley de la «L».


Y estas fueron las noticias, desde el frente de batalla

—¡Caín Onán, entrá pa’dentro, disgraciao!
El grito de su madre aún despertaba por las noches al Padre Tito. Se hizo sacerdote por ella, mujer despótica, devota e inculta que no tuvo muy en claro quiénes fueron malos y buenos en la Biblia.
No era feliz. Y cada vez que dormía soñaba con mujer, pero su madre, muerta hacía más de veinte años, lo rescataba del ansiado pecado de la carne.
—¡Padre Tito! —lo llamó el grito del Cabo Cepeda, y los golpes en la ventana—. ¡Venga! ¡Hoy es la noche!
Miró la hora. Las once. Recordó el aquelarre que «no es leyenda, m'hijo», según decía Ña Aparecida, cada vez que le curaba el empacho.
Llegaron al pie del cerro, en la oscuridad, a las doce. Preparó los utensilios para el exorcismo. La boca de la cueva los llamaba. Entraron. Un terrible golpe lo desmayó.
Despertó y vio que era cierto. Ciento cincuenta mujeres, todas desnudas y algunas conocidas, lo miraban con furia. Estaba desnudo, también. Solo le habían dejado el alzacuello. Cepeda lo sujetaba por los brazos.
Ña Aparecida, con tono de discurso de barricada, estaba diciendo:
—¡Por cada una de las nuestras que murió en la Inquisición, morirán cinco de ellos, compañeras!
Caín Onán Rosales, alias Tito, sacerdote a la fuerza, murió en la hoguera a los cuarenta y cinco años, en el Auto de Fe celebrado por el bando contrario, en la Sierra, la noche mágica de Walpurgis del año dos mil tres.


Los siete trabajos de Hércules García - Daniel Frini

La hija del vasco Arreche era todo para Hércules. Pero para el vasco, García era claramente inferior a su pequeña y no la merecía. Cuando por fin se dio la combinación exacta entre ganas y miedo del novio y condescendencia del vasco, el galán, pudo pedir la mano de Teresa. Arreche lo escuchó callado y dijo:
—Vea, García, va a tener que demostrarme que puede mantener a mi hija. Trabajará para mí durante un tiempo, y si me satisface su labor, después hablamos de casamiento.
Hércules accedió esperanzado.
Debió matar a los doce chanchos del tano Bonifacini, a puros besos de lengua; aflojarle las ruedas al sulky del polaco Pyrik, que lo corrió a escopetazos; poner tinta china al agua bendita de la Iglesia del padre Juan; silbar el tango «Mi noche triste» medio tono mas alto, mientras el vasco le apretaba, levemente, los testículos con una morsa; domar a la suegra del chileno Segovia, que ya había enterrado siete maridos; cobrar cinco pesos de entrada en la mesa catorce, para poder votar en las elecciones del año noventa y tres; y, finalmente, fotografiar en bolas a la intocable rusa Vielisky. La rusa lo sorprendió; pero en lugar de denunciarlo, lo invitó a pasar. García jamás regresó a lo de Arreche. Teresa quedó para vestir santos; y el vasco con una hija solterona y amargada, y sin las fotos de la rusa, que tanto ansiaba.

El Secreto

La mitología nos dice que Prometeo robó las semillas de Helios, el Sol, y se las entregó a los hombres para que conocieran el fuego. Zeus, enfurecido, decidió castigarlo; y entonces ordenó la creación de la primera mujer, que fue formada por los dioses: Hefesto la moldeó en arcilla haciéndola hermosa, Atenea la engalanó, Las Gracias y la Persuasión le pusieron joyas, las Horas la coronaron con flores y Hermes puso en su boca mentiras y palabras de seducción, y en su pecho un carácter voluble.
Nos cuenta, también, que esa primera mujer se llamó Pandora. Y a pesar de las advertencias de Prometeo acerca de no aceptar regalos de los dioses, su hermano Epimeteo se enamoró de ella y la tomó por esposa.
Relata el mito que hasta ese momento la humanidad había vivido en armonía con el mundo; pero Pandora, curiosa, abrió la caja prohibida, permitiendo que la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, las plagas, la tristeza, la pobreza y el crimen quedaran libres.
Los avances en investigaciones históricas y arqueológicas nos permiten hoy saber más acerca de la Caja de Pandora: era pequeña, y en su interior contenía una hamburguesa chiquita con queso cheddar y salsa de pepinos, un sobrecito con cinco papas fritas locas, una servilleta de papel, un sachetcito de mayonesa y un muñequito de Superman, de plástico; baratija hecha en Taiwan. La gaseosa, chica, venía aparte.

Ganas de joder a las estatuas

Hoy me puse los ojos de usar zapatos rojos y llovía. Salí, desnudo, a la calle que olía a números imaginarios. Mis brazos comenzaron a susurrar una melodía color sepia, muy parecida a un viejo blues que cantaba Trixie Smith. Quise llorar, solo por hacer algo distinto, pero no.
Caminé siguiendo planos de tesoros sin el menor asomo de letras equis; esquivando dragones chinos y unicornios montados en pelo por gendarmes con gorros frigios y camaleones invisibles sobre los hombros. Algunos empleados de la ciudad estaban sacando lunas gastadas de los faroles, y guardándolas en cajitas de madera, primorosas, para futuros trasplantes.
Dos milenios después habían pasado diez minutos y llegué a la farmacia por designio de los dioses o por la más solitaria casualidad. Quién sabe.
Entré. El farmacéutico, boticario de la vieja escuela, me miró de arriba abajo con sus anteojos para leer inglés antiguo.
«Consiga aquí nuestras píldoras para ser más alto», decía el aviso ―«píldoras», decía, y no «pastillas»―, «píldoras para ser un guerrero bantú, para tener pelos en la lengua, para ser chueco, para derrotar al enemigo, para que perdonen nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para ser pelado, para bailar sobre el puente de Avignon, para adivinar el futuro en las entrañas del café, para escuchar cómo crece el maíz en las tardes nevadas de otoño».
—Caramba —me dije―. Y aspirina. Una simple aspirina, ¿tiene?
Tenía. Y también tenía agua.
La tomé y miré al cartel, otra vez. «Pastillas para la acidez estomacal», decía.
Volví a la calle y seguí caminando por un día soleado, completamente chato.

Aquí estoy

Y aquí estoy, pudriéndome mientras cuelgo de una rama añosa, con una soga que aún lastima mi cuello. El viento juega conmigo y me hamaca. Los soles a plomo queman mi piel grisácea y me mojan las lluvias.
Con los ojos muy abiertos lo veo todo. Según cómo gire mi cuerpo, puedo estar horas contemplando un punto fijo del viejo árbol, los campos de girasoles o el camino de tierra que lleva al pueblo. Sé quién sale y quién entra del caserío. Algunos me escupen cuando pasan, otros se persignan y, los menos, me dedican una breve oración antes de seguir su camino. No nací aquí. Estaba de paso, pero he aprendido a conocer a cada uno de ellos.
Yo no maté a esa joven.
No sé quién lo hizo, aunque escuché rumores entre quienes pasan caminando. De todas maneras, no importa. Alguien me señaló y entonces me lincharon. Sin juicio, sin posibilidad de defensa.
Y aquí estoy. Los niños se divierten a escondidas de sus padres, moviéndome y haciéndome girar con un palo. Algunos me pegan como si fuese piñata.
Supongo que pasarán años; el viento se irá llevando girones podridos de tela de mis ropas; me quedaré sin carne por acción del tiempo o los carroñeros, se secarán los ligamentos que unen mis huesos, y éstos volverán, al final, a la tierra madre.
Entonces, vendré a vengarme. No se salvarán ni siquiera los niños.

El regreso

La mañana estaba cálida y el sol calentaba, despacio, las paredes del palacio de Great Cumberland Lodge, en Windsor Great Park, residencia habitual de los Duques de Marlborouh. El anciano, vestido con harapos, tocó a la puerta y fue atendido por el mayordomo, quien, al ver su traza, le espetó:
—Los señores dan limosna y hacen caridad los viernes.
El viejo respondió:
—Volví.
El mayordomo, azorado, preguntó:
—¿Cómo dice?
—Dije que volví —contestó el recién llegado, con un tono de voz apenas audible, casi de ultratumba.
—Y usted, ¿quién es?
—Mambrú.
—¿Quién?
—Mambrú, el que se fue a la guerra.
—No entiendo…
—Si, ¿no se acuerda? Mambrú se fue a la guerra, chiribín, chiribín, chin, chin…
—¡Ah! No sé cuándo vendrá; do re mi, do re fa, nooo sé cuándo vendrá.
—El mismo, John Churchill, primer duque de Marlborough. Encantado.
—¡Pero usted se fue hace como trescientos años! ¡Debería estar bien muerto!
—¿Sabe qué pasó? Cuando los nuestros me abandonaron en la batalla de Malplaquet, los franceses me hicieron prisionero y me confinaron en Höchstädt. Huí. ¿Oyó usted decir que todos los caminos conducen a Roma? Pues bien, allá fui. Durante estos tres siglos salí y volví a ella unas mil quinientas veces. Solo esta vez llegué hasta aquí. Y por azar. Acepte mi consejo: no compre nunca un GPS chino.

Alf layla wa-layla

—¡Alá es grande!—dijo la princesa Scherezade cuando vio a los mil y un apaches —. ¡Todos para mi sola! Y se los ve tan exóticos con esos modelitos… ¿Quién les hace esos trajes, ricura? —le preguntó al más cercano a ella, que parecía estar al mando del grupo; vestido con un chaleco de piel de ciervo, un taparrabos extrañamente largo y mocasines, el cabello lacio atado en una trenza y la cara pintada en líneas oblicuas blancas.
El hombre miraba a todos lados con temor, y no habló.
—¿Cómo te llamás, tesoro? —insistió ella.
—Gokhlayeh —dijo él—. Pero me dicen Gerónimo.
—¡Ay, pasen, pasen! ¡Qué amorosos! Y vos, cielito, vení conmigo.
La princesa sabía que su esposo, el Gran Sultán Shahriar, le obsequiaría un presente traído de tierras lejanas, en compensación por tantas noches de sufrimiento esperando una muerte que, Alá sea alabado, jamás llegó. Según palabras del Gran Visir, el Sultán esperaba que el presente fuese de su agrado; y recalcaba muy especialmente que eran para su exclusivo solaz y esparcimiento.
Scherezade llevó a Gerónimo a su alcoba, de la que salió, espantada, un minuto después. Hizo desvestir a los otros mil guerreros, y lloró.
Claro estaba. Poseía, ahora, su propio harén, el más grande de todo el Islám: mil  y un apaches eunucos.


Trataré de no dormirme mientras esté muerto

Soñaba que estaba sufriendo el ataque de un malón de la nación ranquel. Quinientos bravos de Calfulcurá, ciento cincuenta de Painé Guor, doscientos del feroz Paguithruz, veinte comanches y un sioux. No nos iba bien. Resistíamos detrás de una línea informe de carretones volcados y animales muertos. Pedí a mi kure un arma cargada. Ella no me respondió. Giré la cabeza y la encontré muerta. Al lado del cadáver, un oberstumführer de las SS, con su uniforme negro impecable en medio del polvo de la pampa y las botas charoladas brillantes aún en el barro, apuntándome con su lugger.
—Erhalten, von der hose! —gritó
Imposible convencerlo de que se había equivocado de sueño. Yo nada de alemán, él ni una pizca de castellano. Insistí hasta el cansancio, pero no hubo caso. Él gritaba cada vez más fuerte.
—Vorbereitung der esel!
—¡Este es mi sueño! —decía yo.
Finalmente disparó y me voló la cabeza.
El estampido me despertó.
Pero no entiendo la sangre, el agujero en mi frente, la punta de lanza de tacuara clavada en mi hombro, mi familia llorando desconsoladamente a los pies de mi cama, ni por qué el alemán está ahora detrás de ellos y le hace cuernitos a mi viuda, mientras un comanche y el sioux se ríen.


La tía Gertrudis le pidió prestada una taza de azúcar a la vecina del sexto «A», que tomaba sol en su balcón, en topless

Tocó a la puerta que, apenas segundos después, se abrió de golpe. Imagino la escena. Ella, solterona por decisión propia, mujer de misa diaria a las seis de la mañana, novenas por la tardecita y dos rosarios rezados durante el día; luto riguroso, medias hasta la rodilla y zapatos negros abotinados, cara lavada y pelo entrecano atado en un rodete; parada frente a la puerta sosteniendo la taza con ambas manos y, recortada en el marco, despampanante, la vecina de la que nunca supe el nombre pero a la que llamábamos La Potra: cuerpo extraordinario, envidia de los editores de Hustler, un metro ochenta, cabello rubio a lo Farah Fawcett, tanga roja y tetas así de grandes, libres de cualquier yugo.
Fue un choque de culturas. Marco Polo ante el Gran Kublai. Cortés ante Moctezuma. Nunca supimos qué hablaron durante ese encuentro; pero, a partir de allí, la tía abandonó la iglesia. Yo le conté doce amantes hasta que murió, hace poco. Solía pasar las noches acodada en la barra del Copenhague, donde la conocían como Gerty.
Unos meses atrás tuve noticias de La Potra. Es pastora de un culto evangélico en un cine de Constitución, devenido en templo cristiano. Le va bien. Oficia los servicios en topless.


El Segundo Sello

―Mire ―dijo el traficante, poniendo el fusil en manos del comprador ―. Hache ka cuatro dieciséis, calibre cinco cincuenta y seis, novecientos rondas por minuto, mira rebatible…
―¡Pecador! ―bramó el pastor, detrás del cliente.
―Cállese.
―¡Satanás!
―No joda―contestó el vendedor, resignado.
―¡Sus armas hacen la guerra! ¡Esto ―dijo el pastor, mostrando el Libro ―construye la paz!
―¿Si? Constrúyame una paz. Chiquita nomás. De un metro de alto.
―¡Blasfemo!
El cliente dejó el fusil y huyó.
―Blasfemo las pelotas. Perdí una venta ―dijo el traficante, enojado. Y retomando su rol de vendedor, continuó ―. Usted pelea una guerra, y pretende ganarla con ese libro. Tírelo, y le hará un chichón al primero. Pero los que vienen atrás se lo van a comer.
―¡Esta es la Palabra…
―Si hay una guerra, …
―…de Dios!
― …yo tengo el arma que necesita.
―¡Mercader de muerte!
―Una pistola de rayos evangélicos,
―¡Filisteo!...¿Una qué?
―Pistola de rayos evangélicos.
― …
―Mírela. Acero sagrado, refrigeración con óleo santo, selector de canónicos o apócrifos, detector iónico de infieles, lanzagranadas de agua bendita…
―¿Funciona?
―Qué pregunta.
―¿Cuánto cuesta?
―La primera se la regalo.
―¡La llevo!
―Cuidado. Está cargada con el Evangelio de Juan.
―¡Dios te bendiga, hermano!
―Aleluia.


La caracola

El mar estaba tranquilo, el sol de marzo apenas tibio, la arena limpia y solitaria y soplaba un suave viento del este.
Vi la caracola ―una strombus gigas— desde unos treinta metros. Era hermosa y una buena decoración para nuestra casita de verano. La levanté y, como hago desde niño, la llevé a mi oído para escuchar el mar. Me llegó la cadencia de olas antiguas y lejanas. Pero esta vez había algo más: un murmullo apagado que sólo logré descifrar cuando tapé mi otro oído. Una voz humana
―¡Sollievo!¡Aiuti! —decía. Y agregaba palabras que no pude entender.
La llevé y se la mostré a mi esposa, que se sonrió descreída; pero luego abrió grande sus ojos, atónita.
―¡Sollievo!¡Aiuti! —oía, con más claridad en la casa silenciosa; pero aún sin entender el resto.
Y allá está, en una repisa de nuestra casita. Mensaje de algún italiano náufrago desde hace quién sabe cuántos años, esperando un rescate que nunca llegará porque no entendemos qué dice, además de pedir socorro y ayuda.
―¡Sollievo!¡Aiuti!
A veces, cuando la noche es silenciosa, lo escuchamos desde nuestra cama con cierto fastidio que alguna vez fue impotencia.
Hemos pensado en deshacernos de la caracola.


















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